El organismo humano convive con una enorme comunidad de microorganismos que habita principalmente en el aparato digestivo, aunque también se encuentra en la piel, la boca y otras zonas del cuerpo. Este conjunto, conocido como microbiota, participa en procesos relacionados con la digestión, el aprovechamiento de nutrientes y la interacción con el sistema inmunitario. Dentro de este contexto, han cobrado relevancia los probióticos, microorganismos vivos que, administrados en cantidades adecuadas, pueden producir determinados beneficios para la salud y que se encuentran en algunos alimentos fermentados y en productos elaborados específicamente como complementos.
Su importancia no reside simplemente en introducir bacterias en el intestino, sino en la posibilidad de influir sobre un ecosistema complejo. La microbiota no es idéntica en todas las personas, puesto que su composición está condicionada por la edad, la alimentación, el entorno, los medicamentos, las enfermedades y numerosos aspectos del estilo de vida. Por esta razón, la respuesta a un mismo probiótico puede variar considerablemente entre individuos, de manera que una cepa que resulta útil para una finalidad concreta no tiene por qué producir el mismo efecto en otra situación ni en una persona con características diferentes.
Esta particularidad obliga a abandonar la idea de que todos los probióticos son equivalentes. Las propiedades dependen del género, de la especie e incluso de la cepa específica utilizada, de modo que dos productos que presenten nombres aparentemente similares pueden contener microorganismos distintos, dosis diferentes o combinaciones diseñadas para objetivos que no coinciden. También influyen la conservación, la fecha de consumo y la capacidad de los microorganismos para permanecer vivos hasta llegar al lugar donde deben actuar. La eficacia no puede determinarse únicamente por el número total de bacterias anunciado en el envase.
Una de las aplicaciones más estudiadas está relacionada con el funcionamiento digestivo durante o después de ciertos tratamientos antibióticos. Estos medicamentos son fundamentales para combatir infecciones bacterianas, pero también pueden alterar parte de la comunidad microbiana intestinal. Algunas formulaciones probióticas específicas han mostrado utilidad para reducir el riesgo de determinadas molestias asociadas al consumo de antibióticos. Sin embargo, los resultados no justifican recomendar cualquier producto de manera indiscriminada. La evidencia disponible respalda cepas y combinaciones concretas para situaciones determinadas, no el concepto general de tomar probióticos sin una indicación definida.
El síndrome del intestino irritable es otro ámbito en el que se ha investigado ampliamente. Esta alteración puede causar dolor abdominal, hinchazón, gases y cambios en el ritmo intestinal. Algunos análisis de estudios clínicos indican que ciertas combinaciones probióticas pueden aliviar parte de estos síntomas en algunos pacientes. Aun así, la gran variedad de productos, la duración desigual de los ensayos y el reducido tamaño de muchas investigaciones dificultan saber qué formulación resulta más adecuada. Por ello, el beneficio potencial debe interpretarse con cautela y adaptarse a las características de cada caso.
Los probióticos también mantienen una estrecha relación con la barrera intestinal. El intestino no solo absorbe componentes procedentes de los alimentos, sino que actúa como una superficie de separación entre el organismo y numerosas sustancias externas. Determinados microorganismos pueden participar en la producción de compuestos que sirven de alimento a las células intestinales o dificultan la proliferación de especies potencialmente perjudiciales. También pueden competir por el espacio y los nutrientes, modificar las condiciones del entorno y comunicarse con células implicadas en la respuesta defensiva.
Esta conexión explica el interés por estudiar su influencia sobre el sistema inmunitario. Una parte muy importante de la actividad inmunológica se encuentra vinculada al intestino, donde el organismo debe aprender a tolerar sustancias inocuas y, al mismo tiempo, responder frente a posibles amenazas. Algunos probióticos pueden modular estas interacciones, pero expresiones comerciales como “reforzar las defensas” simplifican demasiado un proceso biológico de enorme complejidad. En la Unión Europea, las afirmaciones que relacionan un alimento con un beneficio específico deben superar una evaluación científica antes de poder utilizarse en su promoción.
La posible reducción de ciertas infecciones respiratorias es otra línea de investigación. Una revisión publicada en 2024 consideró que existe evidencia suficiente para valorar el uso de probióticos específicos en determinadas personas con la finalidad de disminuir ese riesgo. No obstante, sus autores también subrayaron que los datos no permiten establecer recomendaciones generales para toda la población sana ni atribuir el mismo efecto a cualquier suplemento disponible.
Durante los últimos años ha despertado especial atención el denominado eje intestino-cerebro. El aparato digestivo y el sistema nervioso mantienen una comunicación bidireccional mediante vías nerviosas, inmunológicas y metabólicas. Esta relación ha impulsado investigaciones sobre la posible influencia de la microbiota en el estado de ánimo, el estrés, el sueño y determinadas funciones cognitivas. Los resultados son prometedores en algunos campos, pero todavía no permiten considerar los probióticos como sustitutos de los tratamientos psicológicos o médicos. Una revisión reciente encontró beneficios modestos sobre síntomas leves de estrés, ansiedad o ánimo depresivo en adultos sanos, mientras que otros posibles efectos permanecían poco definidos.
Algo parecido ocurre con el control del peso, el metabolismo de la glucosa y la salud cardiovascular. Existen estudios que analizan la relación entre determinadas composiciones de la microbiota y el riesgo metabólico, pero pasar de una asociación a una intervención eficaz resulta difícil. Los efectos observados suelen depender de la cepa, de la duración del consumo, de la dieta habitual y de las características de los participantes. Por tanto, los probióticos no pueden presentarse como una solución independiente para adelgazar, controlar la diabetes o prevenir enfermedades cardiovasculares.
Conviene distinguir, además, entre probióticos, prebióticos y alimentos fermentados. Los prebióticos son componentes que sirven de sustrato a ciertos microorganismos y favorecen su actividad. Se encuentran de forma natural en alimentos vegetales ricos en determinados tipos de fibra. Los productos que combinan microorganismos vivos con sustancias destinadas a alimentarlos reciben el nombre de simbióticos. Por su parte, no todos los alimentos fermentados contienen microorganismos vivos cuando llegan al consumidor, ya que algunos son sometidos a procesos de cocción, filtrado o pasteurización.
El yogur es uno de los ejemplos más conocidos de alimento fermentado, pero su valor nutricional no depende exclusivamente de la presencia de bacterias. También puede aportar proteínas, calcio y otros nutrientes. El kéfir y ciertos vegetales fermentados contienen comunidades microbianas diferentes, cuya composición puede variar según su elaboración. Incluir estos alimentos dentro de una dieta equilibrada puede ser interesante, aunque no equivale necesariamente a utilizar una cepa probiótica estudiada para una indicación clínica específica.
Los suplementos plantean otras consideraciones, tal y como nos apuntan desde Probactis, quienes nos dicen que las etiquetas deben identificar claramente los microorganismos incluidos, la cantidad viable hasta el final de la vida útil, las condiciones de almacenamiento y la dosis recomendada. Una cifra elevada de unidades formadoras de colonias no garantiza por sí misma un resultado mejor. El producto más apropiado sería aquel cuya formulación haya sido investigada para la finalidad perseguida y cuya calidad permita confiar en que contiene lo declarado.
En personas sanas, los efectos adversos suelen limitarse a molestias digestivas leves y transitorias, como gases o sensación de hinchazón. Sin embargo, los probióticos no están completamente libres de riesgos. Se han descrito infecciones graves en personas vulnerables, especialmente en pacientes con sistemas inmunitarios debilitados, enfermedades importantes, catéteres venosos o situaciones clínicas delicadas. También se han comunicado riesgos particulares en bebés prematuros. Por ello, estos grupos no deberían consumirlos sin supervisión sanitaria.
La prudencia resulta igualmente necesaria durante el embarazo, la lactancia y la infancia. Que un producto sea de origen natural no significa que sea apropiado para todas las edades ni para cualquier circunstancia. La elección debe considerar el estado de salud, la finalidad del consumo y la evidencia disponible para la cepa concreta. Tampoco es recomendable recurrir a estos productos para retrasar el diagnóstico de síntomas persistentes como dolor intenso, diarrea prolongada, pérdida de peso, fiebre o sangrado.
Otro aspecto importante es que los probióticos no compensan una alimentación desequilibrada. La microbiota se relaciona con el conjunto de la dieta, no únicamente con un producto tomado durante unas semanas. El consumo habitual de frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y frutos secos proporciona fibras y compuestos que favorecen la diversidad del ecosistema intestinal. Dormir adecuadamente, realizar actividad física y evitar el uso innecesario de antibióticos también puede contribuir a conservarlo.
La investigación sobre la microbiota avanza rápidamente, pero todavía existen numerosas preguntas. Muchos estudios utilizan muestras pequeñas, cepas distintas y periodos de seguimiento breves. Además, una modificación puntual de ciertos microorganismos no siempre implica una mejora clínica significativa. De hecho, un análisis reciente concluyó que la suplementación no aumentaba de forma relevante la diversidad global de la microbiota de las personas sanas, lo que demuestra que sus efectos no pueden reducirse a la idea de añadir más “bacterias buenas”.
Otras bacterias beneficiosas para el cuerpo humano
La relación favorable entre el ser humano y las bacterias no se limita a los microorganismos comercializados en alimentos o complementos. Numerosas especies viven de manera habitual en distintas partes del cuerpo y desempeñan tareas muy especializadas. Algunas transforman sustancias procedentes de la dieta, otras dificultan que microorganismos agresivos ocupen determinados espacios y varias contribuyen al mantenimiento de condiciones químicas apropiadas en su entorno. Sin embargo, calificarlas como beneficiosas exige cierta prudencia, porque una especie compatible con la salud en su localización habitual puede causar problemas si alcanza tejidos, órganos o dispositivos médicos donde no debería encontrarse.
En el intestino, una de las bacterias que más interés científico ha despertado es Faecalibacterium prausnitzii. Forma parte de la comunidad habitual del colon y destaca por su capacidad para producir butirato a partir de compuestos que llegan hasta esa región después de la digestión. El butirato es un ácido graso de cadena corta utilizado como fuente energética por las células del colon. Una menor presencia de esta bacteria se ha observado en personas con determinadas alteraciones intestinales, aunque esta asociación no demuestra por sí sola que su ausencia sea la causa de la enfermedad. Su extrema sensibilidad al oxígeno dificulta, además, su incorporación a productos convencionales.
Otra especie relevante es Akkermansia muciniphila, localizada cerca de la capa de moco que recubre el intestino. Su principal peculiaridad consiste en aprovechar componentes de ese moco, una actividad que puede estimular su renovación cuando existe un equilibrio adecuado. Diversas investigaciones han relacionado una presencia suficiente de Akkermansia con parámetros metabólicos favorables, pero la interpretación debe ser cuidadosa. Una abundancia elevada no resulta necesariamente positiva en todas las circunstancias y buena parte de las aplicaciones terapéuticas propuestas todavía necesita confirmación clínica.
La boca alberga bacterias con funciones menos conocidas. Algunas especies de los géneros Neisseria, Rothia, Actinomyces y Veillonella participan en la transformación del nitrato procedente de alimentos como las verduras de hoja. Estas bacterias lo convierten en nitrito, a partir del cual el organismo puede generar óxido nítrico. Esta molécula interviene en la regulación vascular y en otros procesos fisiológicos. El uso excesivo de ciertos colutorios antibacterianos podría alterar temporalmente esta ruta al reducir indiscriminadamente las poblaciones responsables de la conversión, aunque el impacto dependerá del producto, de la frecuencia y de las características de cada persona.
En la cavidad oral también aparece Streptococcus salivarius, uno de los primeros colonizadores de la boca durante la infancia. Determinadas cepas producen sustancias capaces de limitar el crecimiento de microorganismos competidores. Se ha investigado su posible relación con el control del mal aliento y con la estabilidad de las comunidades presentes en la lengua y la garganta. No obstante, dentro de una misma especie pueden existir cepas con propiedades muy diferentes, de modo que los resultados obtenidos con una formulación concreta no deben atribuirse automáticamente a todas las bacterias que comparten ese nombre.
La piel cuenta con sus propios habitantes protectores. Staphylococcus epidermidis ocupa habitualmente su superficie y puede producir moléculas que dificultan la expansión de ciertos microorganismos rivales. También se ha observado que algunas cepas interfieren en la formación de biopelículas de Staphylococcus aureus, una especie asociada con diversas infecciones cutáneas. Esta relación muestra que la piel no es un espacio pasivo, sino un territorio donde distintas poblaciones compiten constantemente por nutrientes y zonas de adhesión.
A pesar de esa función favorable, Staphylococcus epidermidis ilustra bien la importancia del contexto. Sobre una piel intacta suele comportarse como un microorganismo comensal, pero puede convertirse en oportunista al introducirse en el organismo mediante catéteres, prótesis u otros dispositivos. Su capacidad para adherirse a superficies artificiales y formar estructuras resistentes complica el tratamiento de algunas infecciones hospitalarias. Por tanto, una bacteria no posee una condición beneficiosa o perjudicial inmutable: su efecto depende del lugar donde se encuentre y del estado de la persona.
Algo parecido sucede con Cutibacterium acnes. Su nombre conduce a asociarla exclusivamente con el acné, aunque también es una residente normal de áreas ricas en sebo, como la cara, el cuero cabelludo y la espalda. Participa en la transformación de lípidos presentes en la superficie y contribuye al ambiente ligeramente ácido característico de la piel. El desarrollo del acné no depende simplemente de que esta especie exista, sino de la combinación entre determinadas cepas, la actividad de las glándulas sebáceas y las condiciones del folículo. Eliminarla por completo no sería un objetivo razonable, puesto que algunas de sus variantes forman parte del estado cutáneo normal.
Por su parte, en el aparato reproductor femenino adquiere especial relevancia Lactobacillus crispatus. Su metabolismo genera ácido láctico y ayuda a conservar un entorno vaginal ácido que limita el crecimiento de numerosos microorganismos asociados con infecciones. Su predominio se relaciona habitualmente con una mayor estabilidad de la comunidad vaginal, mientras que su disminución puede acompañar ciertos desequilibrios. Aun así, la composición considerada normal presenta variaciones entre mujeres y puede modificarse con el ciclo hormonal, la menstruación, las relaciones sexuales, el embarazo o el uso de medicamentos.